Alex Fenollar, paisajista: “No hay nada más esperanzador que un jardín”

En un momento marcado por la vida acelerada y las ciudades densas, el paisajismo se convierte en una forma de reconectar con lo esencial

Alex Fenollar, paisajista: “No hay nada más esperanzador que un jardín”
El paisajista Alex Fenollar en un jardín urbano.

En un mundo que avanza deprisa, detenerse frente a una planta puede parecer un gesto menor. Para el paisajista Alex Fenollar, sin embargo, es todo lo contrario: es una forma de volver a lo esencial, de cuidar el presente y de proyectar futuro.

“En un contexto como el actual, en el que la vida es acelerada y compleja, y enfrentamos múltiples retos, como el cambio climático o ciudades cada vez más pobladas, el ser humano siempre ha tenido la necesidad de estar en contacto con la naturaleza, y en ese contexto cada vez parece más difícil”, explica.

El reto de acercar la experiencia de la naturaleza a la vida moderna

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Un pequeño balcón urbano donde la vegetación convierte el ruido en pausa.

Con esta mirada, Fenollar sitúa el punto de partida de su trabajo. Su enfoque como paisajista no parte únicamente de la estética, sino del deseo de recuperar el vínculo con el entorno natural dentro de la vida contemporánea: “El reto que tenemos los paisajistas y quienes hacemos jardines es acercar la experiencia de la naturaleza, una naturaleza que, en cierta forma, también se adapte a la vida moderna, pero que no deje de aportar esos beneficios a la salud mental y a la salud física”.

En ese gesto, incluso lo mínimo cobra sentido. Una ventana, un alféizar, un pequeño balcón. “Esa vista al verde, ese percibir cómo cambian las estaciones, que se acerquen pájaros, la responsabilidad o incluso el placer de cultivar algo, cuidarlo y ver que se cosecha, aunque sea en un espacio pequeño, tiene múltiples beneficios y no deberíamos perderlo de vista”, señala.

El jardín urbano como un acto compartido

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Un comedor exterior donde la vegetación envuelve cada encuentro.

Para Fenollar, el jardín nunca es solo de quien lo cuida. En la ciudad, el verde se comparte, incluso sin darnos cuenta. Porque “la gracia que tienen los jardines urbanos es que, como se producen en un contexto en el que estamos todos muy mezclados y muy juntos, hablamos también de jardines compartidos, incluso de vistas que no son de tu jardín, pero que al mismo tiempo te pertenecen de alguna forma, como vecino”.

Esa idea transforma la forma en la que entendemos el espacio exterior. El jardín deja de ser un elemento privado para convertirse en parte del paisaje cotidiano de una comunidad. “Habría que agradecer a quien hace un jardín en un contexto donde ese espacio va a estar compartido, al menos visual, emocional o sensorialmente por otros vecinos, porque el impacto y el beneficio no es solo para quien tiene el jardín, sino también para quien está viendo ese espacio verde”, apunta.

Un refugio para la vida

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La terraza como una extensión del interior, donde la vida se abre al exterior sin esfuerzo.

Uno de los aspectos más reveladores de sus palabras es cómo un pequeño jardín puede reactivar la vida natural en la ciudad. Y es que “cualquiera que tiene un jardín urbano, por pequeño que sea, se sorprenderá enseguida de lo rápido que ese jardín actúa como un imán para la fauna silvestre, que es mucho más rica de lo que a priori pensamos”.

Y no se trata de algo excepcional. Ocurre en cuestión de semanas. “Al poco tiempo, a las semanas o al mes, empiezan a aparecer los primeros pájaros; aparecen insectos, mariposas, mariquitas, reptiles, polinizadores… incluso en invierno, y eso tiene un valor especial”, explica.

Este equilibrio no es casual. Responde a una forma de diseñar más consciente: “Si uno se encarga de que lo que planta tenga flor en distintos meses del año, está contribuyendo a que los polinizadores de ciudad, como abejas solitarias o abejorros, puedan tener fuentes donde libar néctar”.

«La jardinería tiene un efecto terapéutico»

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Cuidar las plantas es una forma de observar el tiempo con más atención.

En un contexto de ansiedad y ritmo constante, el jardín se convierte en un espacio de pausa. Para el experto, “la jardinería tiene un efecto terapéutico”. Pero no solo por lo que vemos, sino por lo que hacemos.

“El acto cotidiano al que te empuja la jardinería —saber que tienes que regar algo, podarlo, sustituirlo si se pierde, o cuidar un pequeño huerto urbano con su proceso de sembrado, crecimiento y cosecha— genera un aprendizaje que nos educa en una paciencia a la que quizá nuestros antepasados estaban acostumbrados y nosotros no”, afirma.

Y ahí aparece una de sus ideas más claras: “Además, no hay nada más esperanzador que un jardín, porque siempre está la vista puesta en lo próximo, en lo que ha de venir”. Esa relación con el tiempo transforma la experiencia cotidiana.

“Quien tiene un jardín anticipa la floración del almendro un mes antes de que llegue… vive de la ilusión de que llegará esa floración, de que en verano tendrá tomateras, de que en otoño las hojas empezarán a amarillear. Es como vivir en el presente y con un pie en el futuro, y eso tiene efectos muy beneficiosos”, continúa.

Jardines que permanecen: hacia un paisajismo más sostenible

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El gesto de plantar también es una forma de construir hogar.

La forma de diseñar jardines también ha cambiado. Ahora, “la jardinería tiene que ser sostenible. Igual que compramos un mueble para que nos dure mucho tiempo, también queremos plantas perennes, capaces de vivir muchos años, vivaces, que no se agoten en un año o dos”, subraya.

Ese cambio implica otra forma de relacionarse con las plantas: “No se trata de ir al vivero constantemente a reponer, sino de seleccionar especies adecuadas al clima, que nos acompañen durante mucho tiempo, porque están pensadas para adaptarse incluso al microclima de la ciudad”. El jardín, así, deja de ser algo efímero para convertirse en una especie de «amigo de larga vida”.

El jardín como herencia emocional

Más allá de lo práctico, hay algo que permanece. Si bien “la jardinería para los niños puede ser una carga”, como explica, esa experiencia deja huella: “Es literalmente una semilla que tus padres plantan con la esperanza de que algún día germine. Y en muchos casos es así”.

Ese vínculo se transmite de forma casi invisible. “Muchos de los que amamos las plantas recordamos alguna figura, una abuela, un padre, que nos ha transmitido ese amor por la jardinería”, añade. Porque cuidar un jardín en casa es, también, una forma de proyectar futuro; “es casi un acto de esperanza… estamos sembrando esa semilla con la idea de que las nuevas generaciones le den aún más importancia a las plantas y a la naturaleza”.

Volver a lo cercano: el valor del jardín mediterráneo

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Un patio que respira equilibrio, donde cada planta encuentra su lugar.

En su visión, el futuro del paisajismo pasa también por recuperar lo que siempre ha estado ahí. El jardín mediterráneo, que es muy rico en especies y con una biodiversidad deslumbrante. Sin embargo, durante mucho tiempo se ha infravalorado lo cercano. “Yo animaría a explorar aquello que hasta ahora se consideraba mala hierba… cambiar esa visión, porque mucho de lo que vemos en el campo puede incorporarse a los jardines”, señala.

En ese cambio hay una oportunidad clara: “Ante un contexto de clima cambiante y cada vez más duro, la necesidad de rodearnos de verde llevará a explorar una paleta botánica cada vez más amplia y adaptada”.

Una forma de habitar el mundo

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Materiales y texturas que acompañan sin imponerse.

Alex Fenollar no habla solo de jardines, sino de una forma de estar. Para él, “la vocación es enorme: renaturalizar ciudades, restaurar tierra y buscar una belleza que no sea solo la que entra por los ojos, sino una belleza coherente con el entorno”.

En ciudades cada vez más densas, su mensaje es claro: “Cualquier gesto, incluso en ventanas, terrazas o pequeños balcones, va a tener un impacto directo en nuestra vida y en la comunidad”. Y ahí, en lo cotidiano, aparece lo esencial.