En el estudio de Carmen Martini, el lienzo nunca está completamente vacío. Puede que sea una trama irregular de yute, un hilo suelto o una mancha de color sin rumbo aparente, pero para ella cada imperfección es una posibilidad. “Me encanta la imperfección del material”, dice, y esa frase define mejor que ninguna otra su forma de entender el arte y sus obras que ahora forman parte de Kave Gallery.
Martini, nacida en Asturias, ha pasado casi dos décadas viviendo entre Estados Unidos y España. Su vida tiene la estructura de un pentagrama —no en vano fue violinista profesional antes de dedicarse por completo a la pintura—, y esa sensibilidad musical se percibe en su obra: los tonos se combinan como acordes, el movimiento es casi rítmico, y las pausas —los silencios— aparecen en los espacios de lino sin cubrir.
De la música al color
El arte siempre estuvo presente en su educación. “Me crié en una familia de artistas donde la música clásica y el arte siempre estuvieron presentes desde que tengo uso de razón”, explica. Su abuela materna, que estudió Bellas Artes, fue quien encendió la chispa de la pintura. En 2015, tras años dedicados a la música, decidió canalizar esa herencia hacia la creación plástica.
Su formación, sin embargo, no es la típica de una artista que ha seguido un camino lineal. En 2002 se trasladó a Estados Unidos para cursar estudios de posgrado en el Peabody Conservatory de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, y más tarde completó un Graduate Business Certificate en la University of Baltimore. También se interesó por la arquitectura y la estructura del espacio, estudiando el curso The Architectural Imagination en Harvard X. Todo ese recorrido, aparentemente disperso, se traduce hoy en una pintura equilibrada entre emoción y método, intuición y análisis.

El proceso y la materia
El trabajo de Carmen Martini se construye desde la textura. “Suelo pintar sobre arpillera o yute, ya que me encanta la imperfección del material”, cuenta. No busca una superficie lisa ni una imagen limpia. La fibra rugosa, con sus irregularidades y nudos, se convierte en parte de la obra. “Las imperfecciones acaban formando parte del resultado final. Son una oportunidad para crear algo que no estaba establecido desde el principio.”
Esa filosofía del accidente, de lo imprevisto, impregna todo su proceso. “A veces empiezo un cuadro de forma espontánea, sin saber lo que va a pasar”, reconoce. Otras veces hace bocetos previos, pero deja margen para la intuición. Su método se parece a una coreografía entre control y libertad: capas de acrílico que se superponen sobre el yute o el lino natural, buscando un equilibrio entre forma, color y movimiento.
Cuando trabaja sobre lienzo, cambia la técnica. “Utilizo óleo o acrílico”, explica, y aunque la materia sea distinta, el enfoque es el mismo: el color como lenguaje, el gesto como escritura.
El color como emoción
Martini alterna entre paletas vibrantes y tonos neutros, una dualidad que refleja su carácter y su trayectoria transatlántica. Hay obras donde predominan los azules, rojos o amarillos intensos, casi eléctricos; y otras en las que las gamas terrosas, los beiges o los grises construyen un silencio visual lleno de matices.
“El trabajo se basa en la búsqueda de un todo cohesivo que una forma, movimiento, color y textura”, dice. Esa búsqueda no tiene un final claro: cada cuadro es una exploración abierta, una prueba de cómo el color puede generar ritmo y profundidad.

Espacios que inspiran
“Pintar en diferentes espacios, lugares y países me inspira de forma diferente”, explica. Sus talleres en Estados Unidos y España son, además de lugares de trabajo, laboratorios de emociones. No necesita un entorno idílico, pero sí uno que respire. “Lo que necesito es que sean lugares donde me sienta cómoda y tengan luz natural.”
Esa luz, que en Asturias es suave y húmeda, cambia radicalmente cuando trabaja al otro lado del Atlántico. Cada cambio de entorno deja huella en su paleta. Lo comprobó durante una residencia artística en Ciudad de México, donde produjo una serie extensa en pocas semanas: “El lugar y el momento me inspiraron muchísimo».
Presencia en Kave Gallery
La colaboración con Kave Gallery representa una nueva etapa para la artista, más conectada con lo cotidiano. “Kave Home tiene una estética con la que me siento identificada y estoy encantada de poder colaborar con esta empresa”, afirma. Su trabajo, basado en la honestidad del material y en el diálogo entre textura y color, encaja de forma natural en el universo de la marca.
Si tuviera que elegir una pieza de su catálogo, lo tiene claro: “Me quedaría con el sofá modular Martina de 4 plazas en crudo. ¡Me encanta!” —dice entre risas—. Quizás porque comparte con su propia obra esa pureza sin artificios, esa belleza que nace de lo esencial.


