La artista británica De La Jardin sobre sus esculturas con papel reciclado: “Mi trabajo es acompañar al material hasta que se convierte en algo nuevo”

La artista Jacqueline de la Fuente transforma papel reciclado en esculturas orgánicas, sugerentes y profundas

Jacqueline de la Fuente, artista detrás de De La Jardin.

Algunas obras y algunos artistas nacen y se nutren del silencio, de ese espacio intangible que queda cuando se detiene el ruido y el cuerpo vuelve a crear. Así nació De La Jardin, el proyecto de Jacqueline de la Fuente, la artista británica de la que todo el mundo habla por su manera de convertir el papel reciclado en esculturas de formas tan orgánicas e imperfectas como sugerentes. “Después de un tiempo dedicada a mi familia, la necesidad de volver a crear se hizo más fuerte”, cuenta. “Mi experiencia en diseño textil y una breve etapa como panadera alimentaron mis ganas de trabajar con las manos y hacer algo físico y tangible”.

Sus piezas, hechas a partir de arcilla de papel maché, tienen una textura suave pero firme, como si la materia estuviera en constante transformación. Cada una es distinta, moldeada a mano y con un acabado que deja visible la huella del proceso. No buscan la perfección, sino ese punto de equilibrio entre lo natural y lo intencionado, entre lo que se planifica y lo que ocurre por accidente.

Capullo I de De La Jardin

El arte de volver a empezar

El papel, que en otros contextos se desecha sin pensar, es aquí la base de todo. De la Fuente lo transforma en una pasta artesanal que mezcla con ingredientes propios para crear su particular arcilla de papel. “A diferencia de la cerámica tradicional, la arcilla de papel requiere planificación”, explica. “Empieza por convertir los residuos en pulpa y combinarlos con mi mezcla de materiales. Luego el proceso sigue un ritmo lento: la pieza se seca por etapas, lo que me obliga a parar, reflexionar y responder a lo que el material pide”.

Esa relación física con la materia es parte del encanto de su trabajo. “Soy una persona muy visual; mi entorno juega un papel fundamental. A menudo empiezo con bocetos rápidos y pruebo directamente sobre la arcilla, especialmente si ya tengo una tanda preparada”. Los resultados, dice, “son orgánicos, nunca idénticos, siempre imperfectos”.

Sus técnicas combinan el modelado manual con el uso de moldes, y en algunas piezas incorpora algodón reciclado mediante técnicas textiles como el tufting o el punch needle. En otras, el color aparece en brochazos espontáneos, casi como un gesto impulsivo. “El color tiene un papel muy importante. Pinto con trazos sueltos, sin planear cada marca. Me gusta dejar que la forma guíe el pincel”.

De la textura al pensamiento

Antes de dedicarse de lleno al arte, Jacqueline estudió diseño textil, especializándose en estampación y tejido para interiores. Aquella formación marcó su manera de mirar: la atención al material, la obsesión por la textura y el color, la paciencia de los procesos lentos. “En la escuela me fascinaba la relación entre textura, materialidad, color y forma, y esos elementos siguen en el corazón de mi trabajo”.

Su mirada también está influida por el lugar. Ha vivido en Reino Unido, en Filipinas y ahora cerca de la costa de Norfolk, donde los paseos lentos y el paisaje costero se mezclan con recuerdos de otros lugares. “A veces mi inspiración surge de la memoria: los colores y texturas de mis años en Filipinas. Otras veces, de pequeños detalles cotidianos: el tallado de una joya, el patrón de una tela antigua”. La naturaleza, los objetos encontrados y la cultura popular se combinan en su obra como un mapa emocional.

El hogar como taller

De la Fuente trabaja desde su casa, en un espacio donde conviven arte y vida doméstica. “Crear desde casa es muy importante para mí”, dice. “Valoro los momentos de calma, pero también disfruto estar rodeada de mis hijos cuando están aquí. Su curiosidad me aporta nuevas ideas y me ayuda a mantenerme presente”. Su taller doméstico le permite moverse con libertad: detenerse cuando algo no fluye y volver a empezar cuando la intuición lo pide. Esa flexibilidad es, en sus palabras, “parte esencial del proceso creativo”.

Shuri Ito I de De La Jardin

Una colaboración que celebra lo imperfecto

Su colaboración con Kave Home ha sido una extensión natural de esa filosofía. “Me atrae su forma de diseñar: la atención que ponen en los materiales, el cuidado en los acabados y la libertad que nos dan para ser ‘perfectamente imperfectos’”, cuenta. “Su ética está muy alineada con la mía: celebrar la creatividad, la singularidad y la belleza de la materialidad”.

La colección Quiet Growth, creada para Kave Gallery, explora los conceptos de transformación y regeneración. “Refleja un momento en el que decidí hacer una pausa para ganar perspectiva. Ese silencio permitió que las ideas crecieran desde un lugar de calma”, explica.

Las líneas bordadas en los jarrones Shuri Ito evocan la reparación, como un eco del kintsugi japonés, la técnica de reparar con oro las fracturas de la cerámica. “Hablan de la belleza de la imperfección y del poder de renacer”, dice. En cambio, la serie Capullo adopta formas más envolventes, casi protectoras. “Representan un espacio de crecimiento: quieto, suave y lleno de potencial”.

Todas las piezas comparten una misma intención: transmitir serenidad a través de la materia. La artista juega con el equilibrio entre la ligereza del papel y la solidez de las formas, entre lo frágil y lo permanente.

La poesía de los materiales

Las obras de De La Jardin nacen de la transformación literal del residuo. “Trabajo con papel reciclado -de cartones y tarjetas-, con emulsión mate y, en algunos casos, con algodón reciclado”, explica. “Reutilizar me permite resignificar lo que estaba destinado a desaparecer. Es una forma de devolverle valor a lo efímero”.

Cada pieza es única, irrepetible, y no por una decisión comercial, sino por una convicción ética. “No busco reproducir formas, sino acompañar al material hasta que se convierte en algo nuevo. Me interesa ese momento en el que algo deja de ser desecho para transformarse en objeto con propósito”.

Quiet Growth nos habla del modo en que la naturaleza —y las personas— se regeneran. Lo hace sin grandes gestos, sin ruido, como una semilla que germina en silencio. Ahí radica la fuerza de la obra de Jacqueline de la Fuente: en recordarnos que crecer también puede ser un acto silencioso y discreto.