En el estudio de Gabriela Meunié, los lienzos parecen mapas del Mediterráneo dispersos por el suelo en pleno momento creativo. No hay figuras ni líneas reconocibles, pero los tonos —azules, grises, naranjas, verdes apagados— dibujan paisajes interiores que remiten al mar, al sol, a la cal de las fachadas o a la sombra de los pinos. «Me inspiro en la belleza de los colores que encontramos en la naturaleza», explica con naturalidad, como si nombrar el color fuera otra manera de hablar de la vida.
Su obra, disponible en Kave Gallery, parte de una tradición que conoce bien: el expresionismo abstracto, entendido no como un estilo cerrado, sino como una actitud ante el proceso.»Siempre es diferente, pero constante», dice sobre su forma de trabajar. En sus cuadros, el gesto sustituye a la figura; la emoción, al argumento. El resultado son composiciones que respiran, como si el color se expandiera más allá del marco.

Entre Mallorca y la campiña francesa
Meunié nació en Mallorca, hija de artista, rodeada de la luz del Mediterráneo y de un entorno creativo donde el arte era una forma de conversación cotidiana. “Siempre he estado rodeada de arte. Mi padre era artista y he crecido rodeada de renombrados artistas como Miquel Barceló”, recuerda. Esa experiencia temprana dejó una huella que aún se percibe en su obra: la relación libre con el color, la materia, la idea de que un cuadro no se pinta tanto como se descubre.
De su doble herencia —francesa y americana— surge una mirada que combina disciplina y espontaneidad. Mallorca y la “campagne française” son sus dos geografías afectivas, los lugares que marcan su ritmo. “Necesito un espacio luminoso y espacioso, esto influye en mi manera de trabajar”, asegura. La luz, en efecto, no es solo un elemento visual en su pintura: es casi una herramienta más, un estado de ánimo.
Un proceso que se construye con las manos
Formada en la Escuela Massana de Barcelona, donde se diplomó en Artes Plásticas en 2010, Meunié pertenece a esa generación de artistas que fabrican sus propios pigmentos y no temen ensuciarse las manos. “Trabajo varias técnicas en mi pintura. Fabrico mis propios colores acrílicos sobre lienzo preparado por mí o sin preparar. También puedo usar óleo”, explica.
Su estudio es un laboratorio de capas, densidades y veladuras. Allí, los colores se mezclan con libertad creativa, como hacen los grandes. A veces el acrílico domina; otras, el óleo aporta profundidad y matices más sensuales. Cada pieza parte de una intuición cromática: un diálogo entre tonos que se atraen o se repelen, buscando una armonía que no siempre es calmada.

“Que la inspiración te encuentre trabajando”, podría ser su frase de cabecera, citando a Picasso pero haciéndola propia. Porque en su caso, el trabajo es literalmente físico: manchas, salpicaduras, gestos rápidos que dejan huella sobre el lienzo. No hay bocetos previos ni planificación excesiva, solo un flujo de acción y corrección.
El lenguaje de los colores
Las obras creadas para Kave Gallery forman una pequeña constelación dentro de su universo pictórico. Son ediciones limitadas, todas piezas únicas, en las que el color se convierte en protagonista absoluto.
En ellas, los tonos dialogan con la superficie del lienzo como si fueran palabras de un idioma personal. La artista no busca representar nada reconocible: lo que le interesa es el equilibrio entre opacidades, transparencias y texturas. El azul cobalto puede ser aire, agua o silencio; el naranja, una interrupción; el gris, una pausa. Cada cuadro es una conversación entre pigmento y gesto.
En tiempos de imágenes rápidas y discursos ruidosos, sus obras invitan a mirar despacio, a leer la superficie como si fuera una piel viva.
Un diálogo con Kave Home
“Trabajar con Kave Home ha sido un desafío para mí”, confiesa. “Siempre he trabajado con galerías; hacerlo con Kave Gallery es una manera de que mi obra llegue a un público más amplio que solo los coleccionistas de arte”. Meunié encuentra así una nueva dimensión para su trabajo: las piezas que antes habitaban solo en paredes de galerías pueden ahora convivir con la vida doméstica, sin perder su fuerza ni su misterio.

Donde termina la pintura
Gabriela Meunié pertenece a esa clase de artistas que pintan como quien respira: con ritmo, sin exceso de cálculo. El expresionismo abstracto, en su versión mediterránea, se convierte aquí en un lenguaje íntimo y vital. Sus cuadros no son paisajes, pero en ellos se siente el rumor del mar. No son retratos, pero hay presencia. Y aunque sus obras lleven títulos tan escuetos como Yellow Blue o Blue Cobalt, el contenido va mucho más allá del color.


