El bienestar del hogar es, en realidad, el bienestar de uno mismo. Y viceversa. Nuestro estado de ánimo se refleja en el espacio que habitamos: cuando estamos serenos, la casa también transmite calma; pero en épocas de estrés y caos, ese equilibrio se quiebra y el desorden se abre paso poco a poco entre las paredes. En ocasiones, se siente un círculo vicioso: cuanto más caótica está la casa, más desbordados nos sentimos. Y cuanto más agitados estamos por dentro, menos capacidad tenemos de cuidar de nuestro espacio.
De aquí nace la importancia de dedicar cada día un pequeño gesto de cuidado al hogar. No hace falta que sea una limpieza exhaustiva ni un orden impecable. Basta con un hábito sencillo que devuelva serenidad, para que el espacio recupere su esencia de refugio.
Cuando el caos manda en el hogar
En la rutina acelerada que vivimos, encontrar tiempo para ordenar parece casi imposible. Las agendas apretadas no dejan huecos y, si convivimos con niños o mascotas, la dificultad es aún mayor. Durante mucho tiempo sentí que el caos reinaba en mi casa y, con él, también en mi mente. Hasta que un truco de orden muy sencillo que iluminó mi camino: un método de organización tan fácil que cualquier persona puede incorporarlo, independientemente de su edad o del tiempo disponible. Solo se necesita un poco de iniciativa… y una cesta.

El truco de la cesta que recomiendan los estilistas
Sí, has leído bien. Todo lo que necesitas es un cesto para transformar el aspecto de tu hogar a diario y fácilmente. El truco, en realidad, consiste en coger una cesta y recorrer con ella la casa, habitación por habitación, recogiendo todos esos objetos que están fuera de lugar: un peine en la cocina, unas zapatillas en el dormitorio, un juguete en el salón, un libro sobre la mesa del comedor. A todo aquello que rompa la armonía visual debes asignarle su sitio provisional la cesta.
Lo más interesante es que no es necesario ordenarlo todo de inmediato. La primera fase y la más importante es simplemente recoger el desorden en un único lugar. La segunda, que puede hacerse al día siguiente o en un rato donde tengamos más calma, consiste en devolver cada objeto a su lugar. De este modo, el desorden queda contenido, la casa recupera un aspecto «recogido» y nosotros sentimos la satisfacción de haber hecho algo, aunque no lo hayamos hecho todo, pero sí en la medida de lo posible dentro de la vorágine que son los días de lunes a viernes.
Cómo crear una rutina a partir de este método de orden

Realmente no existe un patrón claro que seguir a ciencia cierta. Lo mejor de este truco es que cada persona o unidad familiar puede adaptar este método a sus propios ritmos. Hay quienes prefieren hacerlo antes de dormir, como parte del ritual nocturno que prepara la casa y la mente para el descanso. Otros lo encuentran más útil a primera hora de la tarde, al llegar del trabajo, cuando se necesita un cambio de energía. También puede aplicarse justo antes de salir de casa: se recogen rápidamente los objetos visibles y, al regresar, el espacio nos recibe sereno y ordenado.
Tras unos meses aplicando esta rutina, me ha ayudado mucho separar el gesto de recoger del de ordenar en profundidad. Me ayuda a no agotarme mentalmente al pensar en las tareas largas e interminables que me esperan al llegar a casa. Y, al mismo tiempo, siento que tengo más control sobre mi hogar.
Además, si vives con alguien, esta puede ser una rutina colectiva, en la que todo el mundo puede participar. Basta con acostumbrarse a depositar en la cesta lo que está fuera de lugar. Después, en un momento más tranquilo, cada uno se responsabiliza de devolver sus cosas a su espacio. Es un gesto pequeño, pero que fomenta la convivencia y la colaboración, a la vez que ayuda a los más pequeños a tomar conciencia sobre la importancia de dejar todo en su sitio.
Al final, la “cesta mágica” podría considerarse más que un truco de organización. Es un recordatorio de que el orden no tiene que ser perfecto ni rígido. Puede ser flexible, amable y colaborativo, un aliado para mantener la calma en medio del caos.