Más que una tendencia, es una forma de volver a lo esencial.
Hay una necesidad silenciosa que muchas veces no sabemos nombrar, pero que sentimos en el cuerpo: volver a mirar el verde, respirar con más profundidad, dejarnos tocar por la luz. El diseño biofílico parte de esa intuición. Y en este 2025, se afianza como una forma de entender los espacios que habitamos desde el bienestar, la conexión y la belleza.
Más que un estilo decorativo, el diseño biofílico es una filosofía que propone acercar la naturaleza al interior de nuestras casas. No se trata solo de poner plantas, sino de integrar materiales, formas, sonidos y luces que nos conecten con lo vivo. Con lo que somos.
La palabra “biofilia” proviene del griego y significa literalmente “amor por la vida”. Es ese vínculo innato que sentimos por los entornos naturales y que, según numerosos estudios, tiene efectos directos en nuestro bienestar emocional, físico y mental. En diseño y arquitectura, esto se traduce en espacios que incorporan lo natural no como complemento, sino como parte esencial del lugar.
Aunque puede expresarse de muchas formas, el diseño biofílico se construye desde algunos gestos fundamentales:
Vistas al exterior, jardines interiores, terrazas integradas, ventanales amplios… Todo lo que permita que la mirada descanse sobre lo natural. Incluso una simple planta en un rincón del salón puede cumplir esta función si está colocada con intención.
Maderas naturales, piedra, barro, tejidos sin tratar. Son materiales que no esconden su origen y que, por su textura, temperatura y apariencia, aportan calidez, arraigo y una sensación de verdad que difícilmente ofrecen los materiales artificiales
El diseño biofílico apuesta por maximizar la entrada de luz y aire fresco. Esto no solo mejora la calidad del ambiente: también regula los ritmos biológicos, favorece el descanso y mejora el estado de ánimo.
Las líneas suaves, los patrones inspirados en hojas, ramas o movimientos del agua aportan una sensación de fluidez y armonía. Se alejan de lo rígido y lo geométrico para acercarse a lo espontáneo y vivo.
El canto de los pájaros, el agua corriendo, la fragancia de una planta aromática. Son estímulos sutiles, pero profundamente reconfortantes, que nos reconectan con lo esencial.
Las plantas, sin duda, son una de las expresiones más directas del diseño biofílico. Aportan color, frescura, movimiento… pero sobre todo, vida. Un solo ficus puede transformar un rincón. Un conjunto de suculentas puede darle latido a una estantería. Como vimos en nuestro artículo anterior, elegirlas con intención es clave.
El diseño biofílico no busca únicamente embellecer. Su objetivo es crear espacios que nutran a quienes los habitan. Entre sus beneficios más destacados están:
No hace falta hacer reformas. Se puede empezar con pequeños gestos que suman:
El diseño biofílico no es una moda pasajera. Es una forma de recordar que los hogares pueden —y deben— ser lugares que nos cuiden. Que nos abracen con su luz, su silencio, su textura. Que nos devuelvan algo del equilibrio que a veces perdemos en lo cotidiano.
Este 2025, más que seguir una tendencia, quizás se trate de volver a algo que ya sabíamos: que la belleza, cuando es viva y sincera, tiene la capacidad de sanar.
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