Hay estilos que vienen y van, y otros que, como una brisa marina fresca, logran quedarse para siempre. El estilo Hamptons, nacido en la costa este de Estados Unidos, ha cruzado océanos para instalarse con naturalidad en nuestros hogares, conquistándonos con su mezcla única de sofisticación, lujo discreto y calidez atemporal.
Lejos de ser una moda pasajera, esta decoración con elegancia costera y alma clásica se ha convertido en un símbolo de buen gusto, adaptándose con suavidad a los nuevos estilos de vida y manteniendo su esencia intacta: espacios luminosos, materiales nobles y una paleta de colores inspirada en la arena, el cielo y el mar.
¿Qué son los Hamptons?
Antes de ser sinónimo de elegancia costera, los Hamptons fueron pequeños pueblos agrícolas y pesqueros en la costa de Long Island, Nueva York. Nombres como Southampton, East Hampton y Sag Harbor remiten hoy a playas serenas y residencias de verano espectaculares, pero su origen es humilde: casas construidas con materiales honestos, pensadas para resistir la brisa salina y los duros inviernos.
Con la llegada del tren en el siglo XIX, esta región se transformó en un retiro codiciado por la alta sociedad neoyorquina. La arquitectura evolucionó, pero sin perder la esencia. Así, nació un estilo que respira luz natural, confort y lujo sin pretensiones.

Los materiales importan (y mucho)
Los materiales son el primer pilar de esta narrativa visual. En los interiores de los hogares en los Hamptons, se da prioridad a los materiales nobles y duraderos. Las maderas claras, como el roble natural o blanqueado, son protagonistas en suelos, muebles y detalles arquitectónicos como molduras.
Por su parte, las fibras vegetales, como el sisal, el yute y el ratán, dan textura a través de alfombras, lámparas, sillas, divanes y puffs. Cada elemento natural cuenta una historia, como si hubiese sido escogido, con la sabiduría de quien busca no solo decorar, sino habitar.
Muebles cómodos y decorativos
En cuanto al mobiliario, el estilo Hamptons prefiere hogares llenos de piezas con líneas suaves, proporciones generosas y acabados atemporales. Por ejemplo, los sofás tapizados en lino azul, con brazos redondeados, aportan un aire clásico y relajado a partes iguales, y las butacas estilo Chesterfield, con sus característicos respaldos abotonados, suelen verse a menudo y dan calidez.
Y la madera y el hierro, en mesas de centro y auxiliares, aportan ese detalle rústico típico de una casa de campo en la playa.

Los textiles, el alma del estilo Hamptons
Se deben emplear con generosidad, pero con mesura, en un juego de capas que añada profundidad sin sobrecarga visualmente el espacio. El lino es, sin duda, el tejido estrella: fresco, natural y siempre elegante, aparece en cortinas vaporosas, fundas de sofá, cojines o colchas.
El algodón en tonos neutros debe complementar esta base, mientras que las texturas más gruesas como el yute en alfombras o mantas aportan un contrapunto muy grácil. La clave está en superponer tejidos con diferentes pesos y acabados, con el objetivo de crear una sensación envolvente, suave y cálida, como una brisa marina.
La paleta cromática como hilo conductor
En este estilo, los tonos neutros actúan como un lienzo en blanco sobre el que se construye el resto del espacio: blancos rotos, beiges empolvados, gris perla o tonos marfil permiten que la luz natural se multiplique, dotando a cada rincón de una atmósfera serena. Sobre esta base, se incorporan con delicadeza los azules, en toda su gama: desde el azul cielo hasta el azul marino, pasando por tonos aguamarina, índigo y verde azulado.
Son colores que remiten inevitablemente al mar, pero también a la calma, al ritmo pausado de las estaciones. Según nuestros expertos en decoración, estos tonos tienen la capacidad de tender un puente visual entre el verano y el otoño, haciendo que los interiores Hamptons no sean únicamente veraniegos, sino lugares atemporales donde apetece vivir todo el año.