Descubre cómo conseguir que las hojas de la flor de Pascua se vuelvan rojas.
La flor de Pascua (poinsettia) es una de las plantas más representativas de la Navidad. Sus hojas rojas, que en realidad no son flores, sino brácteas, llenan la casa de color en los meses de invierno. Sin embargo, pasado el tiempo, muchas personas se preguntan por qué pierde ese tono intenso y, sobre todo, cómo conseguir que vuelva a ponerse roja.
La respuesta no está en fertilizantes especiales ni en trucos complicados, sino en comprender su ritmo natural y respetar sus necesidades de luz.
Después de la Navidad, es habitual que la flor de Pascua empiece a perder hojas o que estas se vuelvan verdes. Esto no significa que la planta esté enferma. Simplemente, ha terminado su ciclo decorativo y entra en una fase de reposo.
El color rojo aparece como respuesta a un estímulo muy concreto: los días cortos y las noches largas. Sin ese contraste, la planta no activa el proceso que colorea sus hojas.
El factor más importante para que la flor de Pascua vuelva a ponerse roja es el control de la luz. A partir de finales de septiembre o principios de octubre, la planta necesita:
Esto significa que, por la noche, no debe recibir ninguna luz artificial: ni lámparas, ni luces del salón, ni iluminación exterior. Muchas personas optan por cubrirla con una caja opaca o guardarla en una habitación completamente oscura desde el atardecer hasta la mañana siguiente.
La constancia es clave. Si se interrumpe el ciclo de oscuridad, el proceso se retrasa o no llega a completarse.
Además de la luz, hay otros aspectos que ayudan a que la flor de Pascua se mantenga sana mientras recupera su color.
La flor de Pascua no tolera el exceso de agua. Conviene regarla solo cuando la capa superior del sustrato esté seca y evitar que el agua se acumule en el plato.
Prefiere temperaturas suaves, entre 16 y 22 ºC, lejos de corrientes de aire y cambios bruscos. El frío intenso o el calor excesivo pueden frenar el proceso de coloración.
Moverla constantemente, cambiarla de maceta en este periodo o exponerla a ambientes inestables puede afectar a su desarrollo. Durante estas semanas, menos es más.
Si el proceso se hace correctamente, los primeros cambios de color suelen aparecer a partir de noviembre. Poco a poco, las hojas superiores comienzan a teñirse de rojo, hasta alcanzar su tono más intenso en diciembre.
Este ritmo lento forma parte de su naturaleza. La flor de Pascua no se transforma de un día para otro, y esa espera también es parte de su encanto.
Conseguir que la flor de Pascua vuelva a ponerse roja es, en el fondo, un ejercicio de paciencia y observación. No se trata de forzar, sino de acompañar su ciclo natural. Entender sus necesidades y ofrecerle las condiciones adecuadas es suficiente.
Quizá por eso encaja tan bien en estas fechas: porque nos recuerda que el color, la belleza y el hogar también necesitan tiempo, cuidado y cierta quietud para mostrarse en su mejor versión.
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