La creadora de The Deco Soul nos habla de recuerdos y rituales navideños.
Para Carla de Vicente, creadora de contenido de decoración y alma detrás del blog The Deco Soul, la Navidad nunca ha sido una fecha aislada en el calendario. Tiene un ritmo propio, casi un ritual aprendido. “En casa, todo empezaba el 18 de diciembre, el cumpleaños de mi abuelo materno”, recuerda. “Para mi madre, ese día era el pistoletazo de salida. Ahí se encendía el espíritu navideño que nos ha acompañado siempre”.
Tal vez por eso, para Carla estas fechas siguen siendo un refugio. Un paréntesis luminoso en medio del invierno, una forma de volver a casa, aunque la vida haya ido repartiendo a la familia en distintos lugares. “La Navidad es recuerdos que abrigan”, dice. “Es una manera de reencontrarnos, incluso cuando ya no vivimos todos bajo el mismo techo”.
Ella se define, sin dudarlo, como muy de invierno. Del frío que cruje, de la nieve, de los interiores cálidos y de las sobremesas largas. No es casualidad que su viaje de novios no fuera en verano. “Nos casamos y decidimos esperar. Terminamos viajando a Islandia un 7 de febrero”, cuenta. “Ese contraste de hielo fuera y calor dentro representa muy bien cómo vivo estas fechas”.
En su infancia, la Navidad era sinónimo de reunión. Sus abuelos de A Coruña viajaban para pasar las fiestas juntos y el salón se convertía en escenario improvisado. “Mis hermanos y yo montábamos un pequeño festival navideño: bailes, teatro, canciones… Mi vena creativa se disparaba y ahora lo recuerdo con una ternura infinita”.
Con los años, y al independizarse, las celebraciones se fueron repartiendo entre los hermanos. Carla se quedó con su favorita: la merienda de Reyes, una tradición heredada de su abuela materna. “Ella reunía a medio árbol genealógico cada 6 de enero. Era algo sencillo, pero lleno de vida”. Hoy, esa tradición sigue viva en su piso pequeño.
Cada año, Carla decora pensando en ese día. En los trece que se sientan alrededor de la mesa para cerrar la Navidad. “El mantel bordado por mi abuela, la vajilla que solo uso esa tarde, los cubiertos de mis abuelos paternos, los Reyes Magos en el centro, las velas, las luces cálidas… Todo tiene un porqué”.
La comida también forma parte del ritual: tortilla de patatas, sándwiches variados, chocolate casero, el bizcocho con la receta de su abuela y, como broche, “el roscón de moda” de cada año. “Es una tradición sencilla”, reconoce, “pero para mí es pura magia”.
Al final, Carla lo tiene claro. Un salón navideño acogedor no empieza con el árbol ni con las bolas. Empieza con aquello que emociona. “Con lo que te conecta con los tuyos y con las historias que no quieres dejar de contar”.
Texturas, mantas, ramas naturales, velas, flores secas. “Todo suma atmósfera”. Para ella, la Navidad se construye como una historia familiar, capa a capa, sin prisas.
Primero las luces, luego las texturas y, al final, los adornos que cuentan algo. “Los heredados, los de algún viaje, los que huelen a infancia. No busco un árbol perfecto, busco uno que hable de nosotros”.
Más allá de la estética, la mesa es una forma de acoger. “Cada pieza dice ‘qué alegría que estéis en casa’”. La vajilla vintage, el mantel navideño, las piñas guardadas año tras año forman parte de ese mensaje.
Carla piensa especialmente en sus sobrinos, y en su ahijado Gonzalo, que vive en Alemania. “La decoración también es memoria futura. Pienso en cómo quiero que recuerden estas fiestas”.
Porque, como ella misma resume, un salón navideño acogedor empieza en las raíces, en los rituales y en las historias compartidas. La decoración, al final, solo es la forma visible de todo eso.
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