Un gesto práctico y simbólico para despedir las fiestas y devolver la calma al hogar.
El final de la Navidad marca un cambio de ritmo. Tras semanas de luz, encuentros y decoración, llega el momento de recoger, ordenar y volver a lo cotidiano. Guardar el árbol de Navidad no es solo una tarea doméstica: es un gesto que señala el cierre oficial de las fiestas en España y en muchos otros lugares. Hacerlo con cuidado ayuda a conservarlo en buen estado y, cielo al mismo tiempo, a acompañar ese paso de lo festivo a lo sereno dentro de casa.
En España, el cierre tradicional de la Navidad llega tras el Día de Reyes. Es entonces cuando muchas casas comienzan a retirar el árbol y el resto de la decoración. Este gesto simboliza el final del tiempo festivo y el inicio de una etapa más tranquila, marcada por la rutina y el invierno. Guardar el árbol en este momento permite cerrar el ciclo sin prisas, respetando el ritmo natural de las celebraciones.
Antes de guardarlo, conviene desmontarlo con calma. Empieza retirando los adornos, uno a uno, evitando tirones o movimientos bruscos. Aprovecha para revisar su estado y descartar aquellos que estén dañados. Después, apaga y recoge las luces con cuidado, enrollándolas de forma ordenada para evitar nudos.
Una vez limpio de decoración, separa las ramas o pliega el árbol según su estructura. Este orden previo facilita mucho el almacenaje y el montaje del año siguiente.
El árbol artificial debe guardarse limpio y seco. Sacudir suavemente el polvo o pasar un paño seco por las ramas ayuda a conservarlo mejor. Si conserva su caja original, suele ser el mejor lugar para almacenarlo. En caso contrario, una funda de tela o una bolsa grande y transpirable funcionan bien.
Elegir bien el lugar de almacenaje alarga la vida del árbol. Lo ideal es un espacio poco transitado, donde no estorbe ni se deforme con otros objetos encima. Conviene guardarlo en un espacio seco, protegido de la humedad y de cambios bruscos de temperatura, como un armario alto, un trastero o la parte superior de un altillo.
Más allá de lo práctico, guardar el árbol de Navidad tiene un valor simbólico. Es una forma de despedir las fiestas, agradecer lo vivido y devolver a la casa su ritmo habitual. Ordenar, despejar y recolocar ayuda también a ordenar lo interno. El hogar agradece ese tránsito pausado entre etapas.
Hacerlo con cuidado, sin prisa y con atención convierte una tarea sencilla en un acto de cierre consciente. Cuando el árbol vuelve a su lugar de descanso, la casa recupera su calma y se prepara para el tiempo que viene.
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